Ciudades CIDEU

Los 7 principios del proyecto táctico


Calle Pelayo, Barcelona

Debemos diferenciar el urbanismo del proyecto. Aunque a veces se ha dicho que unos buenos proyectos de arquitectura, localizados estratégicamente, hacen al fin un buen urbanismo. La “acupuntura urbana” que tanto se ha utilizado en Barcelona es una clara muestra de ello. Sin embargo, hoy estamos hablando de cuestiones diferentes. El mal llamado urbanismo táctico, hace que todo el mundo se entienda, pero en la realidad existe una gran diversidad de acciones y muchas no tienen nada de táctica, ni de urbanismo. Esta herramienta tiene indudables valores si sabemos por qué la aplicamos, dónde lo hacemos y, en especial, los motivos de la actuación. Al menos, deberíamos establecer 7 principios básicos para que un proyecto sea considerado táctico:

1. El carácter universal del uso y la facilidad de ejecución son sin duda unas cualidades indispensables que nos aproximan a lo que debería ser el proyecto táctico. Universal entendido como para todas las personas, para ser usado de forma colectiva y cotidiana sin restricciones y donde sólo el lugar definirá las limitaciones. La capacidad de ejecución será el complemento. Un proyecto táctico es una idea que ejecutamos y como tal, debe ser precisa y concisa para ser bien comprendida.

2. No existen proyectos tácticos si éstos no parten de la gente. Las administraciones pueden ejecutarlos y concretarlos, pero el impulso de las personas será definitivo. En especial para validar su necesidad de implantación y para verificar el uso correcto del lugar que la ciudadanía conoce con precisión. El arquitecto lo interpretará haciendo un proyecto, sin necesidad de adjetivos.

3. No queremos, no debemos, embellecer la ciudad con la táctica. No se trata de poner colores en el suelo, ni de realizar siempre intervenciones artísticas. En la modestia está su virtud y su capacidad para convertirse en una estrategia. Un proyecto táctico es el primer escalón para iniciar un cambio de modelo urbano en el espacio público. Si no buscamos esta finalidad, sólo será un pavimento absurdo coloreado.

4. La temporalidad y la adaptación al cambio serán su esencia. No se trata de realizar un proyecto estructural que nos indique cómo podemos repensar la ciudad, sino que es un paso previo a cómo rehacerla con un nuevo sentido y huyendo de viejos eslóganes. En realidad, un proyecto táctico nunca estará terminado ya que es un tránsito hacia una nueva situación.

5. La ciudad está llena de nuevas oportunidades y los proyectos tácticos son una de ellas para definir un nuevo modelo más naturalizado y especialmente con mayor biodiversidad. Aquí volvemos a la idea de no embellecer, sino de volver a formular el espacio público con nuevos valores y para unas nuevas situaciones quizás todavía poco concretas. Donde hoy encontramos un automóvil mañana puede haber un árbol.

6. Con demasiada frecuencia, se confunde el bajo coste con el proyecto táctico. Yo diría que esta cuestión es indiferente al proyecto que tendrá que costar lo necesario para conseguir su ejecución. Un proyecto no es bueno por su presupuesto, lo es por sus valores culturales y sociales, es decir, por su arquitectura.

7. Un proyecto táctico es un proyecto incluido en una estrategia de ciudad extensa, diversa y que puede ubicarse donde sea necesario del territorio. No puede ser una excepción en el centro de la ciudad o una fotografía bien tomada.


Black Lives Matter, 16th Street NW, Washington DC

En resumen, los proyectos tácticos, hoy en día, son una herramienta necesaria para proponer un cambio rápido en el modelo urbano del espacio público de nuestras ciudades. Pero, para que sean realmente eficaces han de alejarse de falsos mitos y han de dejar de reproducir imágenes falsamente estéticas que encontramos en internet. Los proyectos han de significar nuevas situaciones que nos avancen hacia una ciudad más próxima, un lugar más cotidiano donde la gente pueda realizar sus actividades diarias con una mayor confortabilidad y equidad. La ciudad del mañana ha de ser un hábitat saludable donde los índices de proximidad definidos por el espacio público, la intensidad de los equipamientos y la cercanía al transporte público, serán los garantes de unos nuevos estándares urbanos más sostenibles.

La necesidad de transformar la ciudad en un momento de emergencia climática es un hecho presente que no podemos eludir y para ello debemos aplicar todos los instrumentos que tengamos a nuestro alcance. Un nuevo diseño del espacio público es básico ya que en este reside, en gran parte, la capacidad de la ciudad en generar ciudadanía. La inversión en el espacio público, por parte de las administraciones siempre es rentable si genera lugares urbanos y con capacidad para ser espacios próximos, cotidianos y adaptables. El proyecto táctico ha de responder a estas necesidades y provenir de la voluntad de las personas. Hoy debemos ser activistas y corresponsables de una transformación urbana que nos acerque a una ciudad con un nuevo modelo de vida ecológico.

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Erradicar las violencias, otro desafío para alcanzar el Derecho a la Ciudad

Ecuador es uno de los pocos países que constitucionaliza el Derecho a la Ciudad, procurando con ello un Estado garantista de derechos que determine directrices para la política urbana, en las que se establecen la función social y ambiental de la ciudad, y el bien común sobre el beneficio individual.

Lefebvre (1978) define que el Derecho a la Ciudad “sólo puede formularse como derecho a la vida urbana, transformadora, renovadora”, transformación que no es posible si persisten las desigualdades, la inequidad y las violencias. Sin duda, la única forma de tener ciudades renovadas, será a partir de enfrentar a la desigualdad y erradicar las violencias, que se concentran en los sectores más empobrecidos y en grupos de atención prioritaria que suman vulnerabilidades, y que se expresan en el territorio.

Harvey considera que, más que un derecho a acceder a los recursos que tiene la urbe, supone el derecho a plasmar, cambiar o reinventar el modelo de ciudad con nuestros deseos (2013). Nos obliga a exigir, a los gobiernos nacional y local, el cumplimiento constitucional y un mayor compromiso desde lo local para la concreción, efectivización, y el posibilitar el ejercicio pleno de los derechos en las ciudades.

Las ciudades son el resultado de una planificación generada por hombres blancos, mestizos, desde “realidades de privilegio” y desde vivencias en la ciudad, acceso a infraestructura, servicios, movilidad y espacio público.

Estas lógicas, distantes a la mayoría de la población, dan como resultado una planificación que vulnera y suma violencias que inician desde el desconocer las necesidades, individuales y colectivas, de adultos mayores, mujeres, niños, niñas, adolescentes, personas en movilidad humana y grupos LGBTIQ+.

La ciudad no está pensada para incluir, ni se ha construido desde la prioridad social, ha prevalecido su producción material, política y de significados en la lógica de economía de comercio, y no a economía de cuidados. La ciudad responde al capital y deja de lado lo escencial, su construcción sobre la base de los derechos y, con ello, la lucha contra la mayor violencia que es la exclusión.

Varias ciudades latinoamericanas comparten esta condición de segregación socio-espacial que con la pandemia se ha evidenciado desgarradoramente, y se ha amplificado con desempleo, aumento de brechas y debilitamiento del Estado, evidenciado en la reducción o desaparición de servicios de protección.

La compresión del desafío de establecer nuevos significados en la producción social del hábitat, que prioricen el ejercicio pleno de derechos permitirá enfrentar las violencias.


Fotografía: Vista panorámica Quito

Quito, es la primera ciudad en Ecuador que se compromete a ser libre de violencia de género (2019) y, en un segundo momento (2022), ir hacia una ciudad libre de racismo, discriminación y todas las formas conexas de intolerancia; por lo que entendemos que:

  • Para erradicar todas las formas de violencia, discriminación, racismo y xenofobia hay que indagar y evaluar las fuentes estructurales de reproducción, para adoptar políticas públicas eficaces y mitigar las causas que las generan, y afectan ámbitos familiares, laborales, educativos, políticos y sociales.
  • Una cultura sin violencia de género, racismo, discriminación o intolerancia solo será viable si se reducen las brechas económicas y de inclusión social, siendo necesario establecer políticas públicas y acciones en los ejes de educación, empleo, salud, participación sociopolítica, comunicación y cultura.
  • Adoptar y ejecutar políticas públicas tendientes a desterrar todas las manifestaciones de violencia de género, discriminación, racismo y la intolerancia, exige compromiso y esfuerzos compartidos de actores públicos, de sociedad civil, de organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales.

El debilitamiento de los servicios, ha impulsado a generar legislación para la erradicación de trabajo infantil, cuyas cifras develan que son mayoritariamente las niñas las que trabajan. Esta visibilización pretende ir hacia políticas públicas de ciudad que destierren prácticas naturalizadas.

Proteger a los adultos/as mayores, afectados por violencia patrimonial, desde la primera Junta del país de Protección especializada en mujeres y adultos mayores con el objeto de establecer medidas administrativas de inmediato cumplimiento.

La violencia que sufren los adultos y adultas mayores pertenecientes a pueblos y nacionalidades, ha permitido que las y los estibadores, tricicleros y cuidadores de carga tengan normas que reconocen, dignifican y regulan su trabajo, reconociendo la interculturalidad de migrantes internos que se autoidentifican indígenas, que han dejado sus tierras y que se han encontrado con falta de reconocimiento, discriminación y explotación desde trabajos exigidos y demandantes en esfuerzo físico cuyo reconocimiento económico es mínimo (3 centavos de dólar por quintal).

Las nuevas luchas, deben refundar significados, garantizar derechos desde el reconocimiento y compromisos claros a escala local:

  • Recuperar la confianza en los gobiernos y sobre todo en la política, especialmente en la feminización de la política desde otra perspectiva que incluye la comprensión de la vida, de los cuidados, de la igualdad, de los hijos e hijas, de las diversidades, de la tercera edad.
  • Construir confianza con la acción y las voces de los no visibles, desde la diversidad, lo popular, lo rural, con representación plurinacional y multiétnica; recuperar y acercar la construcción de políticas públicas, construir cercanía y valoración de la acción que asume las reparaciones y las acciones afirmativas como una prioridad.
  • Prioridades desde los compromisos con: la erradicación de las violencias, en particular la estructural e institucional, y la violencia política. Compromisos con el ambiente, los ODS, bienes comunes, diversidad, lucha contra la discriminación, racismo, acceso a los derechos y movilidad humana.
  • Centrarnos en cómo hacer posible el buen vivir en igualdad sin violencias.

Nos inspiran las voces de quienes no han sido escuchados; que nos exigen urgentes acciones, que nos reclaman sobre la demora en actuar. Queremos seguir sumando militantes para consolidar un futuro comprometido, estructurado y centrado en quienes debemos escuchar.


Fotografía: Estibadores del Distrito Metropolitano de Quito

Comprender de dónde venimos, nuestras historias desde la diversidad y visibilizar a los invisibles, en donde la crisis de los cuidados en las mujeres indígenas y afrodescendientes se basa en la distribución sexual y social del trabajo, con un componente adicional, la biologización de la raza que pretende justificar la explotación indiscriminada.

La violencia se expresa también en los cuidados, que están concentrados en las mujeres y más aún en las mujeres afrodescendientes (60% de estos trabajos los hacen mujeres afroecuatorianas), nos enfrenta a una sociedad racializada e inequitativa en donde esta crisis de cuidados va más allá del envejecimiento de la población y el incremento de la natalidad; con el transcurrir del tiempo las mujeres esclavizadas fueron “domesticadas” al servicio de la casa.

Poner en el centro a los seres humanos, a trabajar por la igualdad de derechos, por un hábitat que facilite relaciones sociales y una lucha permanente e incansable por erradicar las violencias, el racismo y la discriminación, hace que la política pública se enfoque hacia la generación de nuevos urbanismos, hacia el fortalecimiento de organizaciones sociales, líderes y líderesas barriales en toda su diversidad y condición etárea para encaminarnos hacia ciudades de cuidados, ciudades cuidadoras que priorizan las necesidades de quienes han estado olvidados.

El camino de la construcción social del hábitat, del bien común sobre el individual, de la función social y ambiental de la ciudad para alcanzar el buen vivir, no será posible, si no atacamos las causas estructurales que nos impiden vivir en equidad, entendiendo que, para ello, el enemigo es la desigualdad y con ello la pobreza, el desempleo, el racismo y la xenofobia.

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¿Podemos gestionar los gobiernos locales sin marcos regulatorios modernos?

Los sistemas regulatorios de las naciones y los gobiernos locales se sustentan, sin duda, en sus plexos jurídicos de base, y por ello, analizar cada situación resulta compleja por las características propias de los sistemas republicanos y democráticos de los países. Sin embargo, las constituciones modernas (América Latina, Caribe, UE) han logrado en muchos casos poner en la agenda pública los temas urbanos y metropolitanos, en un proceso de constante cambio, actualización y reformulación, para facilitar el desarrollo y la calidad de vida, y servir como hoja de ruta de las inversiones públicas y privadas. Ese proceso, a la vez, ha derivado en numerosos marcos legales y guías de políticas públicas complementarios, que han acompañado los planes de desarrollo y crecimiento de los estados y, claro está, de sus gobiernos locales.

El proceso de globalización y las tendencias mundiales dan cuenta de una creciente urbanización, en particular en América Latina, con porcentajes de población urbana superiores al 70%. Argentina es uno de los países más urbanizados del mundo y el segundo más urbanizado de América Latina, con una población urbana que alcanza el 92% del total[1].

El tema urbano se ubica en un lugar destacado en la agenda pública de los países, en particular de sus gobiernos locales (regiones, provincias, municipios) y es hoy el gran desafío que enfrenta la sociedad para adaptarse a los retos que impone siglo XXI, transitando la IV Revolución Industrial[2].

El crecimiento urbano (no siempre homogéneo) nos conduce sin atajos a establecer marcos regulatorios modernos que otorguen seguridad y estabilidad jurídica[3]. Contar con una guía sobre Política Nacional Urbana es un buen comienzo para definir, entre otros, los lineamientos de ordenamiento territorial[4] y desarrollo regional, y establecer un Plan Estratégico Territorial, como marco de referencia para la inversión pública y privada, que faciliten el desarrollo equitativo y sustentable de las comunidades.

La planificación estratégica de los gobiernos locales tiene como objetivo complementar y no suplantar la planificación urbana tradicional. La gestión territorial incluye la planificación y la regulación, que nos permite abordar y enfocarnos en el desarrollo humano como aspecto central (calidad de vida, hábitat, vivienda, empleo, educación y salud)[5].

Las nuevas formas de gestión pública sostenible, incluyen la promoción de las ciudades hacia el exterior, la promoción interna de la ciudad, la innovación política y administrativa, la innovación en las tecnologías de gestión pública y la actualización de las regulaciones. Una gestión renovada, flexible, orientadora, dinámica de anticipación y estratégica[6].

Muchas veces la ausencia de instrumentos jurídicos y de gestión integrales, ha sido un obstáculo para que los gobiernos de los distintos niveles, puedan lograr la coordinación y articulación, para gestionar y planificar las ciudades y su territorio.

La Política Nacional Urbana (PNU), es una herramienta que permite a los estados, orientar el proceso de urbanización y constituye un instrumento guía que establece una visión clara y coordinada de las direcciones que deben tomar las políticas públicas en torno al desarrollo territorial de las ciudades, posibilitando una mayor y mejor coordinación vertical y horizontal[7].

El Plan de Acción Regional (PAR)[8] para la implementación de la Nueva Agenda Urbana en América Latina y el Caribe (2016-2036), surgió con el objetivo de tener un marco estratégico de política y herramienta de gobernanza. Promueve y fomenta un nuevo paradigma urbano que reconoce a la ciudad como un bien público que garantiza los derechos económicos, sociales, culturales y medioambientales de todos; y a la vez es una base que impulsa un marco de desarrollo de las ciudades pequeñas y emergentes, medianas y grandes y las áreas metropolitanas. Es sin duda un impulso para la elaboración de un proceso técnico sostenido en la construcción de bases legales, capacidades instituciones, procedimientos administrativos e instrumentos financieros modernos[9].


Fuente: Política Nacional Urbana (2018),
Argentina.

La Agenda 2030 (en particular los ODS 11 y 17) y la NAU-Hábitat III, son una hoja de ruta que establecen lineamientos que guiarán el desarrollo sostenible de nuestras ciudades en los próximos años, y permitirán mejorar la toma de decisiones.

Un buen ejemplo de sustentabilidad y sostenibilidad jurídica es la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ya su constitución (1996) establece políticas de estado, el Plan Urbano Ambiental, el Código de Planeamiento Urbano y el Plan Estratégico; y el Modelo Territorial Buenos Aires 2010-2060, que es un instrumento de diagnóstico, análisis y planeamiento urbano (con su matriz de indicadores urbanos) que plasma una visión de futuro del modelo de ciudad sustentable[10].

Este plexo jurídico de base contemporáneo, establece un marco de primer orden para los procesos de planeamiento. Es tan innovador, que le da rango constitucional a la creación del COPE (Consejo de Planeamiento Estratégico) como instrumento de planificación participativa, que cuenta con iniciativa legislativa. Un proceso innovador, eficiente y sostenible, para constituir a la Ciudad de Buenos Aires, en una Ciudad del Futuro.

Otro gran desafío, que reconoce cada vez más actualidad, son los marcos normativos de las áreas metropolitanas en América Latina, que superando colisiones institucionales y regulatorias ya no sean un mero título administrativo, sino que constituyan áreas territoriales de administración, coordinación, regulación, control y gestión de recursos específicos. Se destacan en América Latina los casos de Brasil, Colombia y México[11], en los que sus marcos legales constitucionales, dar fuerza, sustento y seguridad jurídica a los procesos de gobernanza metropolitana, que luego derivan en regulaciones complementarias de los gobiernos locales. Otros países cuentan con marcos regulatorios de diferente jerarquía (Argentina, Chile, Uruguay)[12].

Pero es necesario incorporar a estos procesos regulatorios, a las ciudades intermedias (pequeñas y medianas), que sin duda son el motor de transformación en el siglo XXI, como actores de la descentralización administrativa, que vienen consolidando sus procesos de planificación estratégica, alineados con las agendas globales.

Involucrar a las legislaturas locales en el debate y aprobación de los procesos de planificación estratégica participativa y agendas globales, permite consolidar políticas de estado. Es un proceso difícil, lento, pero no imposible[13].

Ningún modelo seguramente ha completado todos los procesos de regulación, articulación, implementación y diseño de herramientas de gestión que consolide el Derecho a la ciudad, con una reingeniería jurídica sustentable, pero podemos definir y compartir algunos marcos teóricos y líneas base, a saber:

Política Nacional Urbana – Planificación Estratégica Territorial – Ley y/o Modelo de Ordenamiento Territorial – Plan Urbano Ambiental – Marcos regulatorios sobre Inversión y Financiamiento (PPP, Iniciativa Privada, Plusvalías Urbanas) benchmarking, regulación de uso del subsuelo urbano, gestión de activos de infraestructura, indicadores de sustentabilidad urbana, monitoreo y control, áreas metropolitanas, cooperación descentralizada (multilateral/triangular)[14], agendas de cooperación-, agendas globales (Hábitat III/Agenda 2030), entre otros.

Las “megaciudades” (más de 10 millones de habitantes) se destacan por su complejidad, dinamismo y estructuras sólidas, ya que muchas cuentan con marcos regulatorios modernos en los temas referidos. La asignatura pendiente es impulsar las ciudades intermedias (las ciudades del futuro) a mejorar su estructura de planificación urbana con sus propias tipologías[15], y actualizar sus regulaciones para gestionar los territorios para el desarrollo urbano próspero y sostenible. La gestión de activos de infraestructura ágil, flexible, segura y equitativa permitirá el desarrollo de estas ciudades.

Este sintético ensayo busca ser un disparador para el debate, frente a la creciente urbanización, y en particular mostrar algunos ejemplos, entre otros, de cómo diferentes marcos regulatorios de nuestro entorno, van acompañando los procesos de planificación y desarrollo.

Lo urbano nos moviliza hacia una visión estratégica común, participativa y sustentable en lo regulatorio que nos permita enfrentar los retos de un mundo en crecimiento y desarrollo.


[1] Ministerio del Interior, Obras Públicas y Vivienda (2018) Argentina Urbana: Plan Estratégico Territorial, 1° ed. Argentina.
[2] Schwab, K. (2016) La cuarta revolución industrial. Ed. Debate.
[3] Declaración Iberoamericana CIDEU 2020.
[4] Leyes de OT. Ej: Prov. Bs.As.
[5] Ob.cit 1
[6] ROCCATAGLIATA, J.A. (2008) La Argentina: Una visión actual y prospectiva desde la Dimensión Territorial. Editorial EMECÉ. Buenos Aires.
[7] MIOPyV (2018) Política Nacional Urbana Argentina. En el marco del Convenio de Colaboración ONU Hábitat
[8] CEPAL, Naciones Unidas (2018) Plan de acción regional para la implementación de la nueva agenda urbana en América Latina y el Caribe, 2016-2036. CEPAL.
[9] Ob.cit 6
[10] Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Constitución (http://www.infoleg.gob.ar/?page_id=166), Planes locales (https://www.argentina.gob.ar/interior/secretaria-de-planificacion-territorial-y-coordinacion-de-obra-publica/planes-locales/caba)
[11] Costa, M.A., Lui L., Rebello S.T., (Cood.) (2002) Gobernanza Metropolitana en América Latina: un panorama de las experiencias contemporáneas desde una perspectiva comparada. CEPAL, Ipea.
[12] Argentina. Proyecto legislativo N° 2826-D-2020. Creación de la Agencia para la Región Metropolitana Buenos Aires. ECOM, Rosario, Argentina, ente metropolitano. Ley provincial N° 13.532/19 que regula las áreas metropolitanas en la Provincia de Santa Fe.
[13] Lanús, PBs.As. Ordenanzas N° 13039/20 (Plan Estratégico Visión 2030), N° 12766/19 (Agenda 2030) y N° 13238/21 (NAU-Hábitat III). Mar del Plata, N° 24296/19 (Adhesión Agenda 2030). Berazategui, Nº 5753/19 (Plan Estratégico / Agenda 2030). Entre otros.
[14] Argentina: Art. 124 de la CN(1994)
[15] CGLU (2017) GOLD IV: Co-creando el futuro urbano. La agenda de las metrópolis, las ciudades y los territorios.

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Los Institutos Municipales de Planeación en México

Los institutos de planeación a nivel municipal en México inician, en la década de los 90, un camino lleno de retos, posibilidades y aciertos, así como errores de concepción, en algunos casos. Las oficinas que piensan el territorio desde una perspectiva ciudadana han tenido, en poco más de 30 años, desde la aparición del primer instituto en nuestro país, la posibilidad de contar diferentes historias en cada uno de los municipios que tomaron la decisión de planear sus ciudades.

La diversidad de nuestras regiones, así como los diferentes momentos sociopolíticos, económicos y culturales en los que cada municipio se encuentra, refiere características de identidad a los institutos creados, por las posibilidades que la ley permitía en ese momento, acompañado el mayor número de veces, por el entusiasmo y compromiso de una sociedad que identifica en su tierra, una oportunidad de ser más competitivos, de hacer mejor las cosas y de construir mejores ciudades para vivir.

La reforma a la Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano (DOF:01/06/2021) incluye por vez primera a nivel nacional las definiciones de Institutos de Planeación, sean estos municipales, intermunicipales o metropolitanos. Hoy, los implanes pueden manifestar que existen en la ley y que la creación de nuevos institutos tiene un sustento en la reforma urbana para dar pie a dicho proceso.

Pero entonces, será interesante preguntarnos, cómo fueron creados alrededor de 60 institutos municipales de planeación en esas ciudades de menos de un millón de habitantes, sin ese respaldo jurídico en una ley que, antes de esta reforma enunciativa, tenía poco más de 20 años sin hablar del derecho a la ciudad, de no poner a las personas como lo más importante en el objetivo de cualquier institución que se dedique a hacer ciudad.

La respuesta es la participación e interés de la ciudadanía, el interés de una sociedad que plantea y genera un diálogo con la autoridad municipal para, en conjunto, a través de esta herramienta llamada IMPLAN, canalizar la visión y el objetivo que los hombres y mujeres de una ciudad definen para construir un mejor lugar para vivir.

Así se han construido los implanes, así deben de construirse, con el objetivo de ser un canal de participación ciudadana, que dibuje los procesos de corresponsabilidad en un territorio para hacerlo más competitivo, entre los sectores productivos a través de sus cámaras, colegios de profesionistas, asociaciones civiles, ONG, la academia, ciudadanos y ciudadanas entusiastas que participan desde el activismo, generando el compromiso de la autoridad y al mismo tiempo generando la comunicación asertiva de la visión de territorio que se plantee.

Actualmente, podemos identificar más de 70 instituciones dedicadas al ejercicio de la planeación en México; cada una de ellas totalmente distinta a las demás, cada una de las instituciones con una historia que compartir, y con el común denominador de contar en sus equipos técnicos y en sus consejos ciudadanos con mujeres y hombres con pasión por la ciudad.

El reto que como implanes nos hemos puesto, es consolidarnos como una red de ciudades que reduzcan la brecha de aprendizaje en los procesos propios de hacer ciudad; generar los espacios de intercambio y retroalimentación tanto en los procesos participativos y en los de implementación.

Cómo comunicar nuestros proyectos, cómo promover la idea clara que la planeación estratégica es necesaria más allá del planteamiento técnico; cómo hacer que nuestro trabajo sea el de todas las personas que habitan un territorio.

Identificar a los implanes como el canal de participación ciudadana con capacidad técnica de planteamiento de una idea de conjunto, de lectura de territorio y momentos de oportunidad desde lo político y socioeconómico, nos obliga a dar un manejo a los datos y a la información con rigor técnico y científico.

De lo anterior, se genera la necesidad de asumir más que nunca, la responsabilidad de pensar el territorio desde los datos, desde la generación de herramientas como los sistemas de información geográfica y datos abiertos, aplicaciones que promuevan la interacción de los ciudadanos con la gestión de la ciudad. La tecnología ha dispuesto la oportunidad para plantear otro lenguaje; más y mejores respuestas de la autoridad y entre las personas que habitan un espacio común.

Las ciudades deberán seguir siendo las plataformas sociales de encuentro, digitales ahora, pero siempre con la posibilidad de encontrarnos en el espacio que definimos para convivir, en el espacio que tenemos la responsabilidad de ordenar de manera estratégica, en el lugar donde todos y todas podamos reclamar el derecho a la ciudad.

Los implanes han promovido en los últimos 30 años el entusiasmo y la dedicación por mejores ciudades, donde la participación de las y los que en ellas vivimos, es el mejor insumo a todas las herramientas técnicas y a los avances tecnológicos.

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¿Y si pudiéramos lograr que la ciudad nos cuidara?: una visión feminista de la ciudad

¿A poco un reglamento puede ser machista?”, me preguntó un periodista recientemente. “Debemos implementar la perspectiva de género, pero no sabemos cómo”, es una de las frases más comunes que escucho cuando se discute el tema con los equipos de gobierno, incluso de sociedad civil, que ha incorporado ese lenguaje en su portafolio sin saber por dónde se inicia el cambio sustantivo. “Es decir que tenemos que pensar en autobuses rosas?”, me dijeron en un taller con expertos en transporte. Hacer política pública con perspectiva de género va más allá de solo asegurarse que los documentos tengan lenguaje incluyente o pensar en campañas de acoso.

Tener políticas y proyectos con perspectiva de género es poder identificar si la política ayuda a reducir las desigualdades entre hombres y mujeres, entre los sectores más vulnerados por un sistema social diseñado para perpetuar estereotipos, roles y violencias que permiten que un sector de la población se beneficie de las vulnerabilidades de otro sector.

Para entender cómo podemos ver una política pública con perspectiva de género, debemos reconocer que vivimos en un sistema sexo-genérico que asigna estereotipos y roles sociales a las personas de acuerdo al sexo con el que nacemos. A las mujeres “nos toca” privilegiar el cuidado de la familia por encima del desarrollo profesional o la independencia económica, nuestro trabajo se concibe como una obligación y, por lo tanto, no se remunera. Aprenderemos cómo cubrir nuestras necesidades en la ciudad a pesar de que la ciudad que no se diseña para facilitarnos esas tareas. A los hombres “les toca” proveer, ser productivos, llevar el sustento al hogar.

Muchos trabajos se diseñan para perpetuar esta división sexual del trabajo, estableciendo condiciones de acceso sólo para las personas que pueden dedicar su tiempo al trabajo porque hay alguien más que cuida de la familia. Los trabajos no son masculinizados, solamente están diseñados para que una mujer que tiene labores de cuidado no pueda cumplir con los requisitos de acceso o permanencia. Lo vemos también en la arquitectura: los reglamentos exigen mejores condiciones de habitabilidad para las salas que para las cocinas, los baños de hombres no cuentan con cambiadores para bebes, o que el baño de mujeres no siempre facilita nuestra higiene menstrual.

En transporte, por ejemplo, seguimos pensando que los viajes más importantes son de ida y vuelta a la escuela y al trabajo, agrupando los “otros” viajes en categorías que no importan. Estos “otros” son viajes de cuidado (Madariaga, 2013), hechos principalmente por mujeres: viajes de compras, trámites, salud, acompañamiento de terceras personas, asistencia, etc. Estos viajes de cuidado, realizados principalmente por mujeres, llegan a contar cerca del 40% de los viajes en una ciudad y la planeación actual simplemente los ignora. Al ser concatenados y no lineales -de ida y vuelta-, los ingenieros en transporte suelen decir: “son costosos de levantar y difíciles de analizar”. Esto provoca que los sistemas de transporte respondan a quienes hacen viajes “fáciles”, es decir, pendulares, olvidando los viajes en cadena que necesitan más conexión, mayor flexibilidad y una mejor infraestructura de acceso.

Otro ejemplo es el diseño de parques y espacios públicos. En un viaje reciente a La Paz, me llamó la atención la gran cantidad de canchas de fútbol que se adecuaban por todos los rincones. “Nuestro presidente apoya mucho al deporte, aunque nuestro equipo nacional no es bueno”, me dijo una funcionaria municipal. Le pregunté: ¿Qué juegan las mujeres?, ¿Dónde juegan ellas? Ahí se dio cuenta de que nunca había pensado que para ellas no había una inversión tan grande para su deporte de preferencia.

Así como zonificamos la ciudad, hacemos los parques, áreas deportivas monofuncionales, encerramos a la niñez en jaulas de juegos y reducimos al mínimo la vegetación para ahorrar en mantenimiento. Aun cuando la percepción de inseguridad es más alta para las mujeres, las banquetas las diseñamos al mínimo, la iluminación se dirige al vehículo y no a la banqueta, suelen no existir rampas, pasos peatonales continuos, múltiples obstáculos, se elimina la sombra porque la vegetación es costosa de mantener, y así hacemos que caminar sea difícil. Diseñamos desde la función de recreación o de traslado, y no de cuidado. Nos preocupamos porque existan los espacios, pero no cómo deben funcionar para las personas más vulnerables se sientan seguras en ese espacio.

Cuando tomamos decisiones por y para la ciudad, las hacemos con base en nuestra propia experiencia de vida en la ciudad. Pero cuando esas decisiones solo se han hecho por una parte de la población que conoce un rol, el otro se ignora y por lo tanto sus necesidades se olvidan. ¿Por qué pedimos más presencia de mujeres y grupos diversos en los espacios de toma de decisión? justamente para poder cubrir ese hueco de información que pone en la mesa una experiencia de vida diferente.

Por dónde empezamos: primero, reconociendo cómo estos roles y estereotipos de género están presentes en nuestra vida y nuestra profesión; segundo, exigiendo que todas nuestras mediciones, datos o indicadores tengan datos desagregados por sexo y edad, procurando incluir las condiciones que identifican grupos en situaciones de vulnerabilidad, tales como personas con discapacidad, condición social, etnia, entre otras, de otra forma no podremos identificar las diferencias; y tercero, preguntarnos si lo que estamos diseñando ayudará a cuidarnos o nos vulnera.

Desde el feminismo empujamos un cambio de paradigma de pasar de un estado proveedor a un estado cuidador. Lograr ciudades que cuiden y no solo que produzcan. La productividad en nuestro sistema capitalista siempre se sostendrá en una parte de la población que realiza trabajo no remunerado de cuidado.

¿Cómo sería una ciudad si la diseñáramos desde la perspectiva de las mujeres? Sería sin duda una ciudad cuidadora, una ciudad cercana que nos facilite los traslados, el acceso a servicios y trabajo cerca de las viviendas, de nuestra red de cuidados; porque caminamos, cargamos cosas, acompañamos personas, nos cansamos, nos cuidamos, vigilamos a otros o a nuestro entorno, construimos redes de apoyo, formamos comunidad. Es necesario que el estado invierta más en el cuidado y para eso se requiere que re-pensemos la ciudad y sus mecanismos desde la perspectiva de género, que erradique roles y nos enseñe que la labor de cuidado nos toca a todos y todas por igual.

Bibliografía:

  • Sánchez de Madariaga, I. (2013). The Mobility of Care: A new Concept in Urban Transportation. In Sánchez de Madariaga, I., & Roberts, M. (Eds.), Fair Share Cities: The Impact of Gender Planning in Europe. London: Ashgate.
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