Ciudades, Innovación

LA CIUDAD COMO CONVERSACIÓN

Dice Paolo Virno en Gramática de la multitud que lo que caracteriza a las sociedades posfordistas es que lenguaje y trabajo se han fundido. Antes las fábricas eran mudas, meras coreografías mecánicas, pero ahora que todo se puede traducir en conocimiento y datos, el lenguaje se ha convertido en terreno de conflicto y, a la vez, en lo que está en juego. Si todo es conversación, como reza también el Manifiesto Cluetrain, la ciudad es su escala de interoperabilidad predilecta, el espacio para el diálogo y la deliberación por antonomasia.

Las ciudades se reivindican desde hace años como grandes repositorios de talento dispuestas a conectarse a las constelaciones de oportunidades globales, al mismo tiempo que procuran diseñarse a sí mismas como ecosistemas autosuficientes orientados a la sostenibilidad de la vida y la gestión de la complejidad. Conciliar ambas pulsiones es el dilema central de los debates contemporáneos sobre lo urbano.  

La Planificación Estratégica Urbana es una herramienta al servicio de este propósito. El problema es que el futuro es cada vez menos previsible y menos lineal. Las masas se han convertido en multitudes y los grandes relatos se han diluido en un caleidoscopio de diferencias e identidades que enriquecen la conversación, pero dificultan el consenso. La finitud de los recursos está desorientando la flecha del progreso. Algunos significados cardinales están mutando, más ya no tiene porqué significar mejor. La digitalización ha desbordado el monopolio del tiempo y el espacio que ejercía la ciudad, deslocalizando el poder lejos de los gritos de los indignados, que miran ahora hacia unos gobiernos cada vez más impotentes. Y todos estos cambios suceden sin que se hayan solucionado ninguno de los grandes desafíos que arrastramos de las décadas anteriores, entre los que sobresale el déficit estructural de igualdad de oportunidades que alimenta, a su vez, los demás problemas y se enreda con ellos hasta convertirlo todo en una maraña impenetrable.

En este contexto, parece razonable buscar atajos a la complejidad, obviar las incertidumbres, sistematizar las herramientas, estandarizar los procesos y simplificar las respuestas. Buscar entre el catálogo de metodologías y buenas prácticas, analizar lo que funcionó bien allá y traerlo acá. El problema es que estas tácticas de transposición de recetas y proyectos muchas veces no funciona, y cuando lo hace, muchas veces no sabemos exactamente porqué. Resulta que una metodología exitosa en la ciudad vecina no nos sirve en la nuestra o un programa innovador de un departamento no termina de adaptarse a otro. Y no pocas veces sucede que replicamos un proyecto que parece funcionar bien al principio, pero, pasado un poco de tiempo acaba languideciendo.

Desde esta experiencia, que resultará muy común a la mayoría de estrategas urbanos, convocados por la XXVII Cumbre de Jefes de Estado (SEGIB), preparamos el informe Instituciones que Aprenden, un trabajo que reivindica una actitud más humilde de las organizaciones ante la enormidad de los retos civilizatorios, y las invita a reconocer primero, y a acelerar después, un proceso de transformación sistémica partiendo de la premisa de que ningún problema complejo se aborda con soluciones simples.

Mientras las organizaciones tradicionales, jerárquicas, cerradas, burocratizadas y compartimentalizadas, se muestran cada vez más ajenas e incapaces ante a unos retos transversales y poliédricos; se hacen más precisas una nueva generación de instituciones más abiertas, flexibles, empáticas y democráticas. Pensar sistémicamente significa además insertar las organizaciones en el flujo de conversaciones, tanto a nivel local como global, para posicionarlas como un agregadoras de voluntades y catalizadoras de energías, lo que nos aproxima a la noción de los ecosistemas de innovación.

Concebir las principales instituciones públicas y sociales de la ciudad como redes de deseos, afectos y complicidades, como potenciales hubs de innovación y creatividad urbana –los famosos ecosistemas de innovación-, nos conduce a preguntarnos cuáles son las dinámicas que caracterizan estos entornos y qué pistas podemos seguir para diseñar las cartas astrales con las que navegarlos. Tras un análisis de los ecosistemas más prestigiosos del mundo, el estudio de la ciencia de redes como gramática transdisciplinar, la búsqueda de un marco ético en la cultura hacker y la puesta en marcha de un proyecto como prueba de carga (Frena la Curva), hemos sintetizado el proceso de conformación de estos ecosistemas en seis vectores (Open, Trans, Fast, Proto, Co y Tec). Es lo que llamamos Hexágono de la Innovación Pública (HIP)

Tenemos la intuición de que los seis vectores del HIP pueden ayudarnos a transformar la caja negra en la que se ha convertido la ciudad en un lugar con más luz, canalizando el conflicto hacia la producción de valor social, transformando el caos en creatividad, la desorientación cosmopolita en comunidades de sentidos comunes y la cacofonía de intereses en deliberación virtuosa.

Si quieres saber más sobre el modelo HIP como vector de innovación puedes ver la conversación que tuvimos en CIDEU “Transformar las ciudades por medio de la innovación pública” Aquí.

https://raulolivan.com/acerca-de/
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Ciudades, COVID-19

Las Ciudades y la Pospandemia en la Caja de Pandora

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, reza el título del libro de Marshall Berman, y creo que, en algún momento del 2020, cualquiera de nosotros/as podría haber suscrito esa frase, por los cambios tan profundos y drásticos que sufrimos en nuestras vidas. Al mismo tiempo, el término “Nueva normalidad” se instaló en el vocabulario como una suerte de horizonte elusivo sin que sepamos con certeza de qué estamos hablando cuando nos referimos al mismo.

Foto: Edu Bayer.

El objetivo de estas líneas es poner de manifiesto algunos de los cambios que empezaron a aparecer en las ciudades de América Latina y que parecen ser síntomas de transformaciones que llegan para quedarse. En este sentido, me parece importante subrayar algunas cuestiones que le dan marco a esta reflexión.

La primera de ellas es que el impacto de la pandemia en las ciudades – y desde la mirada del urbanista – es de una envergadura equivalente a otros momentos históricos que han transformado la estructura de las ciudades. Por ejemplo, las migraciones rurales urbanas por efecto de la industrialización, que obligaron a la expansión acelerada de las ciudades; la tugurización de áreas urbanas y la transformación de las estructuras viales; o las epidemias masivas en las primeras décadas del siglo pasado, que impulsaron la reforma del sistema de salud y la construcción de parques a gran escala.

En segundo lugar, esta mirada esperanzada anida en la convicción de que esta crisis se convierte en la oportunidad de llevar a cabo transformaciones de importancia, teniendo en cuenta la enorme capacidad que han mostrado las ciudades para sobreponerse a los cambios. Podría decirse que la pandemia ha actuado como un luminol social, su paso ha dejado en evidencia las fallas y desinteligencias de nuestros territorios. Ha puesto el foco en las áreas postergadas de nuestras ciudades. Ha sido en los barrios populares, los pueblos nuevos y las favelas donde la pandemia ha pegado con más fuerza porque son los sectores en donde el stock construido, las redes de infraestructura, los edificios de equipamiento, los servicios y la oferta de espacio público presentan las peores condiciones. Esto termina siendo un eufemismo de fragmentos territoriales con un Estado ausente. Pero al mismo tiempo, y como en la caja de Pandora, la esperanza que emerge del fondo muestra que estos son los sectores que más rápidamente se recuperaron con rápidas intervenciones, en parte porque la composición demográfica muestra una población más joven – y por ende más resistente al virus – y en gran parte por la resiliencia que poseen las personas menos favorecidas relegados a habitar las márgenes del mainstream urbano.

Por esta razón, es importante instalar en la agenda urbana la necesidad de reequilibrar nuestras ciudades incorporando todas las formas de urbanización marginal en la estructura urbana. Y esta consigna reconoce dos móviles, uno de naturaleza moral: la población que habita en las orillas del desarrollo tiene tanto derecho como cualquiera a la ciudad. Y si este argumento no alcanzara, se pone sobre la mesa un argumento de corte pragmático, necesitamos ciudades reequilibradas porque es la única manera de tornarlas más resilientes.

En los albores de la Revolución Industrial los efectos indeseados de la explosión urbana afectaron a todos los sectores sociales, esto hizo que se instalara la cuestión del acceso a la vivienda social como prioridad para la supervivencia del sistema urbano. ¿Qué efectos está produciendo la pandemia hoy?

Algunos cambios, como el home office (teletrabajo) y las transformaciones en las modalidades de consumo de bienes y servicios, en que se deslocaliza un alto porcentaje de trabajadores, consumidores y productores y se disminuye la concentración de los mismos en los centros principales, han llegado para quedarse, y esto dispara algunas cuestiones que merecen ser subrayadas.

La primera de ellas es la necesidad imperiosa de avanzar en la dirección de ciudades policéntricas ya que la pandemia ha puesto en evidencia la necesidad de reducir las grandes aglomeraciones en medios de transporte y en las centralidades primarias de las urbes. Carlos Moreno nos habla de la ciudad del cuarto de hora, y este concepto implica tanto razones de funcionamiento urbano como de justicia espacial: una ciudad que construya centralidades barriales disminuye la presión sobre el centro y dota de carácter a los tejidos urbanos con poca identidad. En síntesis, acerca la ciudad a la vivienda en forma de dotación comercial, servicios, nodos de transporte, espacio público, presencia estatal y trabaja en la dirección de territorios más equilibrados, diversos y con flujos mejor distribuidos.

Ciudades como Río de Janeiro y San Pablo (Brasil) empiezan a mostrar procesos de incremento de oficinas vacantes en centros de negocios en la medida que medianas y grandes empresas optan por incrementar la modalidad de home office, disminuyendo los costos fijos. Esto plantea un doble desafío en la medida que se hace preciso compensar de la pérdida a las arcas del Estado que implica esta vacancia – y más aún en momentos en que la presencia estatal se torna imprescindible como garante de la calidad de vida en tiempos de crisis – pero al mismo tiempo, y volvemos a Pandora, esta situación plantea la posibilidad de rehabilitar este stock construido en forma de oferta residencial, transformando de este modo centros de negocios a secas en áreas con mixturas de usos. De hecho – y desde hace tiempo – las ZAC francesas (zonas de actuación concertadas) están trabajando propuestas de edificios con mixtura vertical. De este modo, se podría reutilizar este espacio ocioso recalificando áreas homogéneas. El desafío consistiría en gestionar esa transformación a escala edificio que termina repercutiendo en el espacio urbano.

Otro proceso para resaltar es el que podríamos llamar el sueño del éxodo, a la manera del vuelo blanco de EEUU en la primera mitad del siglo pasado, en el que un elevado porcentaje de población blanca se mudó de los centros a los suburbios ante la llegada de población afroamericana. Hoy se puede decir que ciudadanos/as de altos recursos han iniciado un continuado éxodo a barrios privados, countries o a pequeñas ciudades en cercanías de las grandes ciudades. La conectividad digital y el avance del home office permiten esa deslocalización que impacta directamente en la expansión de la mancha urbana. Este movimiento se apoya en la falacia que confunde densidad con hacinamiento, y ese es un equívoco sobre el que deberemos trabajar sostenida y concienzudamente quienes sostenemos que el único futuro posible de nuestras ciudades es el que nos lleve a urbes densas, consolidadas y en equilibrio con su matriz ambiental.

Por todo esto, sostengo que antes que la llegada de la vacuna salvadora nos haga olvidar lo que estamos pasando, es imprescindible que suscribamos un nuevo acuerdo urbano que nos permita transformar nuestras ciudades en lugares inclusivos, equitativos y con calidad.

Solo así podremos demostrar que hemos aprendido la lección.

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Ciudades, COVID-19

Renovar la apuesta por el Pensamiento Estratégico Urbano

La crisis sanitaria, social y económica que ha generado la pandemia de la COVID-19 ha sacudido a las administraciones locales, y nos ha obligado a reflexionar sobre la forma en que se venían gestionando las ciudades, y, principalmente, sobre la forma en que las estábamos planificando.

En los Ciclos de Encuentros Iberoamericanos promovidos por CIDEU, en los que las ciudades debaten sobre las múltiples dimensiones de la crisis y comparten propuestas y soluciones, se ha validado que, aunque el contexto incorpora algunos cambios respecto a las prioridades de los desafíos urbanos, el pensamiento estratégico en el diseño de políticas urbanas se mantiene como eje clave en el ejercicio y avance hacia la construcción de ciudades sostenibles, resilientes e inclusivas.

Es por ello que, en la Asamblea General de CIDEU, celebrada el 8 de octubre de 2020, las ciudades y entidades que forman parte de la red suscribieron la Declaración Iberoamericana CIDEU 2020, en la que se reafirma la importancia del pensamiento estratégico urbano para gestionar los nuevos desafíos que plantea la gestión de las ciudades en la crisis de la pandemia.

Invitamos a todos y todas a leer, suscribir y compartir esta declaración.

DECLARACIÓN IBEROAMERICANA CIDEU 2020

A la realización de esta Asamblea General, se han infectado más de 36 millones y las muertes provocadas por la enfermedad han superado el millón de personas, pudiendo subir exponencialmente estas cifras por la lentitud en la llegada de tratamientos y vacunas que mitiguen estos resultados. Más allá de los efectos en la salud, según CEPAL, la economía se contraerá 9,1% en América Latina, trayendo consigo un desempleo de 13,5% e incorporando a la pobreza a 45 millones de habitantes. Tratándose además de la región más urbanizada del mundo, con tres cuartas partes de su población habitando en ciudades, las implicaciones repercuten prioritariamente en ellas, que han visto disminuida repentinamente la condición de bienestar social que pueden proporcionar a sus habitantes.

En ese sentido, la Asamblea General de CIDEU,

CONSIDERA

Que la salud como valor esencial, en relación con el desarrollo urbano, atraviesa por una grave crisis global que las ciudades afrontan combatiendo brechas históricas agudizadas por la pandemia, orientando grandes esfuerzos hacia el bienestar social y el equilibrio ambiental, en medio de inusitadas supresiones temporales de derechos constitucionales, restricciones para ejercer la actividad económica y limitaciones a la libre movilidad.

Que los gobiernos locales, desde su responsabilidad de preservar la convivencia social, aún en circunstancias tan adversas, hacen considerables sacrificios por sostener la dotación de servicios para atender las demandas ciudadanas, a fin de fomentar y afianzar el valor de lo público, como principio fundamental de la convivencia. Paralelamente, han sido asistidos por iniciativas creativas y solidarias de la sociedad civil que han paliado innumerables carencias y deficiencias.

Que urge la revalorización del pensamiento estratégico urbano para asegurar que las intervenciones de contingencia no se aparten del modelo de ciudad que hemos apostado en las últimas décadas, en la que la estrategia debe asumirse como elemento activo, flexible, y fácilmente reprogramable para afrontar los renovados desafíos que se plantean a la ciudad, cuando es preciso identificar lo que debe cambiar, porque la obstaculiza, y lo que debe preservar, porque le aseguran estabilidad, creatividad, confianza y sostenibilidad, y motivan la construcción de democracias renovadas.

Que los gobiernos locales deben afrontar el desafío de reflexionar autocríticamente acerca de las lecciones que deja este período: abrir debates, reunir esfuerzos, involucrar a ciudadanos y ciudadanas para trabajar en conjunto y encaminar el rumbo hacia las “nuevas ciudades”, con la planificación estratégica como instrumento de orientación y los Objetivos de Desarrollo Sostenible como carta de ruta, en especial el ODS 17, en un contexto en que las alianzas, la solidaridad, la cooperación y la transferencia de conocimientos, experiencias y recursos para atender las demandas surgidas, son imprescindibles.

Que la vivienda digna, la proximidad de los ciudadanos con sus empleos, actividades principales y servicios públicos, la movilidad eficiente que privilegia desplazamientos peatonales, en bicicleta y en transporte público adecuado, y el espacio público accesible y seguro, conforman un ámbito deseable para la recuperación de las ciudades, porque potencian los intercambios, la diversidad de las manifestaciones culturales y el acceso equitativo a servicios de calidad. Este nuevo escenario plantea una inminente e ingeniosa reprogramación de las relaciones sociales e institucionales, pero también la estructuración económica de la ciudad en el futuro.

En consecuencia, esta Asamblea de Ciudades Iberoamericanas

DECLARA

Que reafirma la importancia de definir un modelo de ciudad a largo plazo que, aún en tiempos de importantes turbulencias, proporciona la estrategia urbana, sabiendo que una visión clara y concreta de la meta a alcanzar permite que se puedan corregir rutas críticas y proyectos a través de itinerarios de transición que permitan ajustes y reprogramaciones.

Que es necesario integrar el conocimiento técnico y científico, con la experiencia ciudadana sistematizada, especialmente aquellos que generen empleo, emprendimiento y producción, bajo actuales y nuevos supuestos económicos, que cuiden el impacto en el medioambiente y propendan a la inclusión laboral y productiva, con énfasis en aquellos dirigidos a grupos sociales afectados por el desempleo y por pérdida de oportunidades económicas o de asistencia social.

Que urge promover la humanización de las estrategias, para dar mayor valor a los temas de salud pública, reducción de las desigualdades sociales y fomento a la sostenibilidad, sobre aquellas que se basan de manera casi exclusiva en la competitividad económica y tecnológica.

Que las iniciativas de pertenencia social, que han persistido o surgido en la pandemia, deben transformarse en oportunidades de incentivo para la economía popular, especialmente aquellas que puedan convertirse en emprendimientos sociales o ambientales con alta significación para las culturas locales.

Que hay que posicionar en la agenda internacional la necesidad de formular propuestas financieras que contrarresten los déficits y deudas contraídas por los gobiernos locales, para restituir la credibilidad institucional, a través de la gestión eficiente y transparente de los recursos; de impulsar marcos regulatorios modernos que promuevan la planificación estratégica participativa, y de acompañar y apoyar los esfuerzos ciudadanos para superar solidariamente la grave crisis que enfrenta nuestra región y el mundo.

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Ciudades, Innovación

Ciudades de plataforma: ¿nuevo paradigma urbano?

Desde fines del año pasado, producto de la pandemia de la COVID-19, las ciudades han sufrido el embate de una crisis multidimensional de consecuencias impredecibles. La pandemia no solo trajo cambios en la vida cotidiana de las sociedades urbanas, sino también en las dinámicas y estructura de las urbes. Estas mutaciones ya se prefiguraban en los ámbitos sociales, económicos, culturales y, sobre todo tecnológicos, pero se aceleraron significativamente en esta coyuntura pandémica.

De allí que muchas actividades materiales, propias de la ciudad, se trasladan hacia el mundo virtual, cuestión que, con la pandemia y las políticas adoptadas, se generalizan. Hoy se vive la masificación de la Teleeducación, Telecomercio, Teletrabajo, Telegobierno, Telesalud, actividades urbanas, que conducen a la mutación de la urbanización, bajo la lógica de lo que podría denominarse teleciudad; esto es, de un tránsito de la ciudad material (urbs) hacia otra de carácter virtual. En esta línea, la infraestructura de plataforma produce un viraje sustancial en la ciudad.

Ciudades de plataforma

El auge de las plataformas digitales significa un nuevo modelo de economía, sustentado en la descentralización productiva y en la flexibilización laboral global (Todolí, 2015). Se trata de una estructura económica flexible que no invierte en bienes (taxis, viviendas, fábricas y comercios) pero sí usufructúa de ellos. En este nuevo orden económico el consumo es impuesto por la oferta, como el pequeño capital y la fuerza de trabajo son colocados en el papel de colaboradores, lo cual le exime al capital del reconocimiento de derechos laborales y del pago de impuestos (evasión fiscal). Esta economía colaborativa, de tendencia neoliberal, evade las normas legales para obtener mayor ventaja y eficiencia económica, gracias al uso intensivo de bienes y recursos de propiedad de terceros. A ello se añade la inteligencia artificial que articula, por un lado, información proporcionada inconscientemente por la población y procesada por algoritmos que determinan sus comportamientos sociales; y por otro, al productor y al consumidor bajo una misma figura (prosumidor) Carrión y Cepeda, 2020).

Las infraestructuras urbanas, que son la base material de la ciudad, se trasladan al mundo remoto de las plataformas, configurando un nuevo paradigma urbano sustentado en el tránsito del espacio de los lugares al de los flujos (Castells, 1974) cuestión que se acrecienta con las políticas de reclusión en el mundo doméstico, acelerando, potenciando y masificando el uso de las tecnologías. Aquí tres ejemplos de la metamorfósis:

  • La urbe se configura a partir de un triple ensamble estructural: i) la ciudad físico material; ii) la ciudad de los imaginarios urbanos; y iii) la teleciudad. La urbanización transita desde su constitución original de la contradicción campo y ciudad; sigue con la consolidación de la ciudad nuclear o central; luego con la formación de un sistema urbano (ciudad global); para llegar al momento actual de la superabundancia tecnológica, con la teleciudad, que expresa una nueva articulación del ciberespacio (software) con su contraparte material (hardware) en el domicilio y en las centralidades convertidas en los nodos de articulación global, evidenciando una nueva articulación del espacio virtual -interfaz neuronal- con el material -la bóveda-[1].
  • La teleciudad comprende una nueva realidad urbana que abarca al conjunto de las actividades que se despliegan en las plataformas multiuso, altamente flexibles y dúctiles. Allí se ubican los servicios de la vida cotidiana, produciendo una reorganización espacial de las ciudades, a partir de tres modificaciones interrelacionadas: La Relocalización de las actividades principales de producción y consumo de bienes, servicios y trabajo, del mundo físico-material al virtual, con lo cual el mundo telemático se acrecienta[2]. La Deslocalización del trabajo y los servicios de zonas urbanas tradicionales hacia otras ciudades o periferias de regiones urbanas, provocando la desinversión en las zonas urbanas centrales[3]. Y la Alocalización del trabajo, porque se contrata desde cualquier lugar del mundo en función del precio y calificación de la fuerza de trabajo; como también los servicios pierden localidad debido a su carácter global, con ofertas producidas en cualquier lugar, pero comercializadas por plataformas con requerimiento de pago electrónico.
  • Las nuevas desigualdades urbanas que nacen de la economía colaborativa (brechas tecnológicas) se suman a las históricas, provenientes del marco jurídico (legal/ilegal; formal/informal) y de la soberanía del consumidor (oferta/demanda). En la era del fordismo la constante y acelerada movilidad significó un auge del sector automotriz y, por lo tanto, el crecimiento acelerado de las ciudades, mientras en la actualidad la necesidad de movilidad se reduce, pero aumenta la demanda de conectividad. El modelo fordista de producción aumentó el ejército de trabajadores localizados en las cercanías de las zonas industriales y periféricas, cuando ahora significa la precarización y el aumento del ejército de reserva en condiciones de informalidad.

Conclusiones

El paso de una ciudad material a una teleciudad, inscrita en un sistema global de interconexión, se presenta como un reto más de las políticas urbanas actuales. ¿Cómo hacer política urbana desde un gobierno local cuando el grueso de las actividades más significativas se ubica en el ciberespacio, son globales y de carácter privado? ¿Cómo definir políticas urbanas integrales a partir de los fragmentos provenientes de una inteligencia artificial adscrita a un sistema global de interconexión? Por lo tanto, la aparente paralización de las ciudades en este último año no fue total, pero sí bastante desigual, gracias a los cambios que la tecnología está introduciendo en nuestras ciudades; uno de ellos es la profundización de la precarización laboral, la informalidad y las brechas de acceso tecnológico que aumentan la inequidad.


[1] Metáfora del robo del siglo: antes se debía entrar a la bóveda del banco para hurtar, mientras ahora es al cerebro de la computadora.
[2] “El trabajo remoto al menos una vez por semana ha crecido un 400% desde 2010” (Businesswire, 2020)
[3] “Londres la mitad de las constructoras piensan reducir sus proyectos ante una previsible caída del 20-30% de las tasas de ocupación de oficinas”. (Política Exterior, 2020)


Referencias

  • Carrión, F y Cepeda, P (2020). “Ciudades de plataforma: la uberización”, en Revista Foro No 101, Bogotá.
  • Castells, M. (1974). La cuestión urbana. Madrid: Marsilio Editori.
  • Todolí, A. (2015). El impacto de la Uber Economy en las relaciones laborales: los efectos de las plataformas virtuales en el contrato de trabajo. IUSLabor.
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Ciudades, Innovación

Ciudades digitales: una oportunidad ante la crisis de la COVID-19

Las ciudades son entes complejos, vivos, cambiantes y mutantes, por lo que deben de ser analizados bajo enfoques holísticos. A pesar de que la crisis de la COVID-19 nos ha cambiado la vida a todos, la forma de trabajar, la forma de estudiar, de vivir, pero sobre todo de convivir; no podemos ni siquiera imaginar que la nueva normalidad implique dejar las ciudades y regresar al campo. Las ciudades conservan y continuarán conservando el rol principal y protagonista en la convivencia social.

Las ciudades son motores económicos y focos de coagulación social, llenos de retos que resolver, convirtiéndose en el campo de batalla para mejorar la vida de sus habitantes. Más del 52% de la población humana habita en ciudades, que ocupan más del 2% de la superficie de la tierra, más del 75% de consumo de energía se genera en las ciudades y más del 80% de los contaminantes son producidos en ellas.

Aquí es donde la tecnología juega un rol demasiado importante. Nuestra sociedad se ha transformado de agrícola a industrial a post industrial a sociedad de información, y su nueva mutación es a sociedad del conocimiento.

Tenemos que cambiar el paradigma en la visión que creíamos correcta de transformar y planear el territorio. Nuestras ciudades, que solemos pensar solamente como un espacio físico o territorio, en realidad tienen un gemelo digital, donde los habitantes que convivimos en ellas vamos dejando rastros en nuestra manera de utilizar la ciudad.

Estos rastros digitales tienen consecuencias y efectos sobre las personas que los crean o que los generan. Cómo analizar esos datos, esa capacidad de organizar la información en búsqueda de un resultado, nos da la capacidad de utilizarlos.

Hoy en día, el 80% de los datos públicos se encuentran en manos privadas. Datos que nos permiten crear y descubrir realidades invisibles, que a partir de nuevos métodos nos permiten cerrar la escala macro de tendencias sociales, a escala micro, de región o ciudad a comunal, de barrio o inclusive colonia a manzana. No podemos pensar al ser humano que socialmente no rebote ideas cara a cara, a esto se le llama comunicación. Debemos reinventar la correlación entre la distancia espacial y la colaboración, porque las ciudades nunca dejarán de ser polinizadoras de ideas.

Se trata de encontrar datos en tiempo real, que, analizados, ordenados y codificados, nos ayuden a generar grandes resultados para resolver necesidades humanas. Estas realidades invisibles nos permiten replantear o reinventar soluciones a nuestros problemas urbanos.

También debemos ser conscientes de que la tecnología tiene un lado obscuro, que puede afectar a la gobernanza democrática, por la privatización de los datos públicos. Tendríamos que resolver, quién debe ser el dueño de los datos, quién los genera y quién los almacena, pero esto es tema de otro gran debate.

En las ciudades lo público y lo privado está sumamente entrelazado, es el rol del Estado administrar y regular esta correlación, pero ahora el espacio público no solo es espacio físico, sino también virtual. En este proceso de aprendizaje hay que involucrar los actores sociales y la sociedad civil, para definir las reglas y hacer que la transición digital no se monetice y se convierta en una solución para todos.

Hemos visto cómo a través de las redes sociales las protestas virtuales generan grandes cambios en el contexto social y político. Estamos creando una posverdad, ya que no todo lo que se informa es cierto, cambiando la función y las posturas del ser humano ante sus semejantes, alterando este equilibrio funcional, convirtiendo a la tecnología y a sus instrumentos como las prácticas políticas de hoy.

Pero finalmente el costo tecnológico por metro cuadrado sigue y seguirá siendo siempre menor que el de la infraestructura física. El gap digital se está ejecutando en tiempos muy cortos, mucho menores al crecimiento mismo de la infraestructura física. El futuro digital ya llegó, es perfectamente asequible para nuestras comunidades latinoamericanas. Es una realidad del mundo: donde avanzan las tecnologías, avanzan en paralelo las sociedades.

Para conocer algunos ejemplos de la tecnología al servicio de las ciudades, recomiendo acceder al Senseable City Laboratory del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que, como ellos mismos citan, desarrolla e implementa herramientas para aprender sobre las ciudades y para que las ciudades puedan aprender sobre nosotros.

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